By: seaul I

18 Sep

Prometo no detenerte mucho tiempo con esta historia. Es extremadamente sencilla y además tu eres el protagonista, así que, aunque no puedo garantizar que te gustará, imagino que al menos suscitará cierta intriga.

Tienes seis años y vuelves del colegio a las cinco de la tarde. Aunque a tu madre no le gustan los corrillos de niños que se hacen a la salida de clase por el tráfico de chucherías, hoy te ha dejado quedarte media hora porque tenía un recado pendiente.

La señorita Marina es quien ha venido a avisarte pocos minutos antes de que tocase la campana que señala vuestra libertad. Solías estar medio enamorado de ella hasta el día que te castigó por lanzar bolas de papel y te puso de pie, cara a la pared durante toda una clase. La vergüenza fue tal que no se lo habías perdonado en todos estos meses, hasta hoy. Ha venido con una sonrisa de oreja a oreja, consciente de que sus palabras serían el mejor regalo del día (puede que de la semana).

Ahora vuelves a casa agarrando con una mano el abrigo de tu madre y con la otra tu trofeo. Junto con la noticia, la señorita Marina ha colocado un caramelo diminuto sobre tu pupitre. La has mirado extrañado y ella ha dicho simplemente “para ti”. No dejaba de sonreir, no había más caramelos aunque el aula estaba repleta de niñas y niños.

El caramelo está envuelto en papel blanco con dibujos violetas, pero tu no lo miras, te limitas a sentirlo dentro del puño y le das mil vueltas a sus posibles significados. En las últimas semanas no has sido ni bueno ni malo, lo de aquella bola de papel fue una extrañísima excepción en tu expediente perfectamente anodino.

Tu madre siempre ha usado esa falta de quejas en el colegio como muestra del magnífico estudiante que eres, pero no es cierto. No tienes nada de magnífico, simplemente haces lo que toca con la precisión que te dicta el ánimo de cada día. Tu actitud no ayuda a destacar en nada, esa es la clase de estudiante que eres. Y sin embargo hoy has sido el único al que la profesora se ha dirigido con una sonrisa llena de ternura y ha regalado un caramelo. Lo ha depositado en la mesa casi como acariciándolo a él con la yema de los dedos y a ti con la mirada.

Tu madre acelera el paso y tu tiras de su abrigo hacia atrás sin darte cuenta. Al sentir el tirón ella para en seco y te lanza una mirada que se alimenta del cansancio acumulado en su espalda a lo largo de toda tu infancia. Una vez desprendido de su abrigo, abres la otra mano y ves que el envoltorio de tu diminuto regalo tiene escrito algo encima.

F…    E…. r!!! No reconoces más letras que esas. Entonces el brillo de un coche al pasar por la calle te deslumbra desde el reflejo que ha provocado en un escaparate. Miras hacia el vidrio y descubres un mundo extraterrestre, plagado de manchas verdes y reflejos descompuestos. Miras a la calle y al vidrio alternativamente intentando ubicar la realidad en esa especie de espejo, pero nada coincide. Nada salvo el movimiento, de los coches, de tu cuerpecito dando brincos para intentar situarte dentro del espejismo.

Al fin reconoces otra cosa. Hay una “f” así, minúscula, otra “e” y otra “r” rabiosamente similar a la de tu envoltorio.

Y aunque éstas sean letras rojas rodeadas de amarillo mientras aquellas eran violetas rodeadas de blanco, te queda muy claro que existe una relación entre ambas.

Después vuelves a caminar azorado por tu madre. Por dentro seguirás dándole vueltas a la razón de aquel diminuto regalo durante décadas, pero ese primer reconocimiento de tres letras y la relación entre la realidad y su reflejo de distinto valor cromático quedará como una de las primeras certezas que llegaste a comprender sin que nadie te la explicase.

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3 comentarios to “By: seaul I”

  1. Alondra 18 septiembre, 2012 a 11:32 PM #

    Eres lo máximo.

  2. Crissanta 31 enero, 2013 a 5:12 AM #

    Me gusta la narración en segunda persona, bien lograda, pero creo que me falta algún contexto o referencia para comprender el final ¿o no? Saludos.

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